A pocos días de la segunda vuelta presidencial, la exalcaldesa de Bogotá, Claudia López, ha oficializado su respaldo al candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda. Junto a él, afirmó: «Es gracias a la Constitución de 1991 que yo fui alcaldesa y que tú serás presidente» como lo menciona la Silla Vacía. La declaración, cargada de solemnidad, busca atraer al centro político hacia la campaña del candidato Cepeda. Sin embargo, para quien ha seguido la trayectoria de López, el anuncio no es más que la última escena de un guion conocido: el de la coherencia como un accesorio desechable.
La exalcaldesa, que en 2022 apoyó a Gustavo Petro haciéndole prometer sobre mármol que no convocaría una Asamblea Nacional Constituyente, se convirtió después en una de sus críticas más feroces. Lo acusó de «caudillo populista» y de conducir al país «al abismo del terrorismo y la inseguridad» según Revista Semana. Pero hoy, esa misma línea roja se ha desvanecido. Cepeda, su candidato, ha sido ambiguo con la idea de la Constituyente y apenas recientemente renunció a ella para acercarse al centro, un gesto que López parece considerar suficiente.
No se trata de una evolución ideológica, sino de un cálculo político desnudo. La propia exalcaldesa había cuestionado duramente a Cepeda durante la campaña, señalando presuntos vínculos con el proselitismo armado de grupos ilegales. En sus propias palabras, advertía que cinco millones de colombianos estaban «constreñidos para votar» y que Cepeda era el candidato de quienes «invitan abiertamente» a votar por él. Esa misma voz crítica que exigía «¿dónde se quedó el Iván Cepeda que denunciaba la parapolítica?» hoy calla y respalda su candidatura según recopilaciones de la Revista Semana.
El respaldo de López, que en primera vuelta obtuvo poco más de 225 mil votos, tiene un peso simbólico más que numérico como menciona la Silla Vacía. Representa un intento de legitimar a Cepeda ante un electorado de centro que aún duda. Sin embargo, este gesto desautoriza sus propios argumentos de los últimos años y revela que su única brújula es el pragmatismo político. La política necesita flexibilidad, pero cuando el consenso se logra a costa de tragarse los principios, deja de ser virtud para convertirse en oportunismo. ¿Qué garantía tienen los colombianos de que las convicciones de quien hoy respalda a Cepeda no serán nuevamente desechadas cuando el viento político cambie de dirección?
