Ganó Abelardo de la Espriella, o Perdió Petro

Ganó Abelardo de la Espriella, o Perdió Petro

Las urnas han hablado. Abelardo de la Espriella es el nuevo presidente de Colombia en medio de la mayor participación electoral del País, han acudido a las urnas más de 25 millones de Colombianos. Y con su victoria, como hemos dicho cautelosamente, ha ganado la derecha en nuestro país, en una coherencia que se extiende por la región y que muchos interpretan como un giro necesario tras cuatro años de incertidumbre.

El mensaje de las urnas no podría ser más nítido. Tras el triunfo de: De la Espriella, Colombia parece recuperar por fin el orden y la coherencia en la intención de la ciudadanía. Ya no se trata de un rumor o de una tendencia: es un hecho consumado que el país ha decidido girar hacia un proyecto que promete disciplina fiscal, mano firme contra la inseguridad y un combate frontal a la corrupción que, ha encontrado terreno fértil en esta administración por terminar.

No es casualidad que el discurso del nuevo mandatario haya calado tan hondo. El empoderamiento de la ciudadanía frente a la seguridad se ha convertido en una necesidad urgente para los colombianos, cansados de sentir que el Estado no llega a los territorios y que la delincuencia avanza sin freno. De la Espriella supo leer ese clamor y convertirlo en bandera, y con ello, el orden y la libertad retoman el poder, desplazando del centro del debate las narrativas que, según la mayoría, solo alimentaban la división.

La democracia no se agota en la cita electoral, sino que se fortalece en la vigilancia ciudadana y en la exigencia de resultados. La reactivación del país contra la corrupción es una promesa mayúscula. El orden y la libertad, por su parte, son valores que solo se sostienen si van acompañados de equidad y de oportunidades reales para todos.

¿Acaso la izquierda colombiana, con su derrota, no ha demostrado con creces que su modelo era inviable y que solo el proyecto de De la Espriella representa la madurez política que el país necesitaba?

Es cierto que la coherencia regional y el giro hacia la derecha parecen marcar un nuevo ciclo en América Latina. Pero la historia también nos enseña que los ciclos políticos se consolidan cuando las mayorías aprenden de sus propios errores. Y en este caso, la ciudadanía ha hablado con claridad: el triunfo de Abelardo de la Espriella no es un capricho, sino la constatación de que el modelo de la «paz total» de Petro y su candidato de izquierda fracasó estrepitosamente. No porque el anhelo de paz fuera equivocado, sino porque la estrategia de ceder ante el crimen sin exigir contraprestaciones solo sembró más violencia, más impunidad y más desesperanza en los territorios. La nación, harta de promesas vacías y de discursos que confundían debilidad con diálogo, ha optado por el orden como condición indispensable para la libertad.

Por eso, más allá del entusiasmo que genera el cambio, el elector que depositó su confianza en De la Espriella debe entender que su voto no fue un acto de fe, sino un acto de justicia. La mejora de la nación frente al triunfo del Tigre no es automática, pero el escenario es propicio: por fin hay coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, por fin la seguridad deja de ser un favor y se convierte en un derecho, por fin la corrupción encuentra un adversario a su altura. La verdadera justicia, esa que tanto hemos reclamado, no llega por decreto ni por discurso; llega tras el detrimento colectivo, tras el dolor aprendido y, sobre todo, tras la conciencia de una ciudadanía que ha visto el fracaso de la paz sin justicia y ha decidido que la paz solo es posible cuando el Estado recupera su autoridad.

Y ahora que el Tigre ha llegado al poder, que el orden y la libertad vuelven a ser los ejes del gobierno, que la coherencia política por fin se impone en la región y que la ciudadanía ha dado una lección de madurez al rechazar el fracaso de la izquierda, ¿no es acaso este el momento de creer que el futuro de Colombia, con” mano firme y corazón valiente”, comenzará a escribirse en mayúsculas?