En medio de la tensa calma del escrutinio de la segunda vuelta presidencial, una realidad se impone con la contundencia de un cachetazo a la izquierda. Abelardo de la Espriella, el abogado outsider que irrumpió en la política como un fenómeno social, ha logrado una hazaña que trasciende las cifras: sortear las más fuertes mareas del crimen organizado para alzarse con la victoria. Como lo sentenció el concejal de Medellín, Alejandro De Bedout, «Abelardo de la Espriella ganó las elecciones sorteando fuertes mareas contra el ELN, el Clan del Golfo, las FARC: el voto fusil».
Esta no es una simple metáfora. La sombra del «voto fusil» empañó el proceso desde su inicio. Un estudio de la Universidad Externado de Colombia, citado por diversos análisis de medios como Noticias RCN, ya había evidenciado la existencia de 218 mesas de votación en la primera vuelta donde un candidato obtuvo el 100% de los sufragios, concentradas en regiones del Pacífico como Chocó, Cauca y Nariño, donde la presencia de grupos armados es una constante. Más aún, documentos como la alerta temprana de la Defensoría del Pueblo ya habían señalado el riesgo para los electores en 449 municipios del país. El triunfo de De la Espriella, por un margen de apenas 250.000 votos, adquiere así una dimensión épica al confrontar no solo a un adversario político, sino a un aparato de intimidación armada que buscaba inclinar la balanza según datos de Infobae.
En este contexto, surge una pregunta que resuena en el debate público: ¿Hasta dónde llegó la instrumentalización del Estado para favorecer a un candidato oficialista, utilizando el silencio cómplice o la inacción frente a la coacción armada? La contienda dejó en evidencia un hecho insólito: un aparato estatal haciendo política de frente. La intervención directa del Presidente Gustavo Petro en la campaña a favor de Iván Cepeda, convertido en un agitador político permanente, representa uno de los episodios más delicados de intromisión presidencial en la historia del país, según analistas. La denuncia del movimiento Defensores de la Patria ante la Fiscalía, señalando que en 100 municipios coincidían las zonas de riesgo con votaciones masivas a favor de Cepeda, no hizo más que encender las alarmas sobre el presunto pacto entre el poder político y los actores armados – Diario La Nación.
La victoria de De la Espriella es, por lo tanto, un mensaje contundente. Es la respuesta de una ciudadanía que, en las palabras del Concejal De Bedout, decide dar «una cachetada a Petro que mal gobernó durante cuatro años y se dedicó fue a trabajar del lado de los bandidos». Es el clamor de una nación que, a través de las urnas, ha dicho basta a una «paz total» que, en la práctica, solo sirvió para fortalecer a los violentos y someter a la población civil al yugo del miedo. El país ha hablado, y lo ha hecho a pesar de las balas. Pero el interrogante final persiste: ¿Podrá el nuevo gobierno, surgido de esta lucha desigual, restaurar la autoridad del Estado en los territorios donde la ley del fusil sigue siendo la que manda?
